Una mala idea

No puedo dormir. Lo sabía, ese parpadeo incesante del teléfono móvil no era una buena señal. Con fastidio oigo tus excusas que no te pido, que no me interesan… balbucear disculpas. Me cansas, estoy harta de tenerte alrededor, como un cachorro babeando una caricia de mi mano, mendigando un gesto de cariño que me resulta imposible fingir. Vaya broma pesada de la Divina Providencia el día que me turnaron tu expediente de divorcio. No me podía creer lo encantador que eras, educado, guapo, respetuoso, el hombre perfecto al que ninguna mujer debería dejar escapar… Me contaste lo feliz que habías sido en tu matrimonio, y como, por unas malas inversiones estabas en la ruina. Tu mundo se había venido abajo y tu matrimonio, el que tú creías una tabla de salvación, un flotador de seguridad, se había desmoronado al ritmo de tu bancarrota. Sentí lástima por lo que yo califiqué entonces de una terrible injusticia, aborrecí a tu mujer, por dejarte tirado en la estacada en esas circunstancias, la imaginé como un ser repugnante e interesado, una especie de mantis religiosa que devoraba la cabeza del macho una vez que ya no le satisfacía… Metí la pata, iniciamos una relación que ahora me pesa, el hombre encantador y perfecto una vez superada la ternura que me producías se ha transmutado en un auténtico plomazo. No te soporto. Simplemente te odio. Mañana llamaré a tu ex mujer y nos iremos a tomar unas copas para celebrar que hoy ya se ha dictado vuestra sentencia de divorcio.